“EL SASTRE”
El hijo de Luís y Constantina
A esta hora, llueve sobre mi pueblo; y de otros cercanos. Por la ventaja enrejada se observa el cielo encapotado, amenazante, gris. Se escucha el plum-plum-plam de un obrero-trabajador-productor-autónomo martilleando _una pared, quizá_ en una vivienda de la finca enfrentada. Al que le sigue, el run-run de un motorcillo con ruido parecido, asemejado, al que tengo en mente, que corta, siega, “esquila” el pelo crecido del césped, en los jardines. Por el cristal triste y mojado, veo pasar a alguna persona con su paraguas protegiéndose. Lo cierto es que la lluvia no es tan intensa y estruendosa como nos vienen anunciando. Mejor. Pero que llueva, claro que sí.
Abro la agenda de 2024; porque antes, mis pensamientos perdidos sobre una finca de tres alturas, y un bajo; un vehículo plateado y una chimenea, huérfana de humos, me ha transportado, creo que no por casualidad _u oportunamente_, a la fecha del día cinco, martes, pero de aquel año pasado, ahora recordado. Y me topo, sin remedio, con el recuerdo. Lo sabía. (Más o menos preciso en detalles; pero recuerdo, al fin y al cabo).
El hijo de Luís y Constantina; “el sastre”; venido desde La Sierra a L´Horta Sud, recién “conquistada” mi amiga La Luna; en la cama de un hospital,; desde las trece horas de aquel cinco de marzo del año señalado, ya no abrió los ojos. Para siempre. Esos ojos, de vista cansada, de haber cosido pespuntes, quitado bastas, colocar botones que cupiesen y coincidieran en su ojales _y otros de mero adorno_, que hacía tan solo unas dos horas, con mirada perdida, y vidriosos ojos, no sabías si te miraba, te reconocía ,o simplemente, divisaba una pared blanca, iluminada por la luz que entraba por la gran ventana de la habitación doble que compartía, en el extremo más alejando de la misma en donde lo había colocado.
Yo, había llegado aquella mañana a las 9 horas al referido hospital a hacer el relevo; a la habitación; a su cama. Me informaron que “había pasado bien la noche”. ¡Toma, claro! Calmado, se supone, más bien. Sin moverse del lado en que lo había dejado. Le hablé, pero no estoy seguro me reconociera. Quise que le reconfortara mi presencia. Mejor o peor, lo había cuidado dos años y 163 días (como reza la escritura a lápiz de ese día sobre la página de mi agenda). Él, convaleciente en cama; sin salir del embozo _porque era imposible_, y ya en huesos, había pasado esos dos años y doscientos treinta y dos días más en ella.
Sobre las 12 horas, llegó la médica de paliativos. Me hizo salir al pasillo. Le acompañaba una joven, que apuntaba:
_ Señor: Le quiero informar que, su progenitor, mi paciente, su padre, con los datos en la mano, tiene una situación irreversible. Sin más. Es muy duro _respondí_, pero estoy preparado. Haga lo que deba de hacer según el protocolo. Por mi parte, solo le pido que haga lo posible para que no sufra; que no sufra más. Descansará, que es lo que alguna vez me dijo, deseaba.
_ Pues nada, cambiamos las instrucciones. “Sedarlo”, palabro que te suena…, pero que es lo mejor. Ya sabes lo que hay. Lo que aceptas. A lo que te resignas.
Veinte minutos; media hora de espera. Se personaron tres personas enfermeras de planta, a la habitación. Por supuesto, supe, sabía, a lo que venían. Le di unos besos fuertes, y con pucheros, me salí de la habitación, como me habían sugerido. "Estoy ahí fuera"_le dije.
Cuando salieron, y volví a entrar, quise quitarle “hierro” al asunto. Le hablé, pero no dijo nada. Las enfermeras le habían dicho _según, al salir, me informaron_:
_Sastre”, le vamos a pinchar en la espalda. Le vamos a mover por ello.
_”Vale, pero no me hagáis mucho daño” _ según las mismas_, se ve que dijo. Las últimas palabras que, no presencié esta vez, pero que figurarán en mi memoria como tales. Y a esperar: …veinticuatro, cuarenta y ocho horas… Lo más probable es que no pase del viernes. Como así fue. Su esposa, mi madre, nueve años antes, lo último que le escuché, fue: ¿te tapo? ¡Ella a mí!
Definitivamente, el día 7 de marzo; a las 11:30 horas; faltando dos días para cumplir los noventa y seis tacos; estando a su lado, apoyado en los barrotes de protección, a su derecha, en la cama, me percaté que había dejado de respirar, que acababa de hacerlo: me había quedado, para siempre, sin historia pasada viva. Avisar, y…
"Sastrería de aprendizaje EN CUENCA CAPITAL".
En primer término, sentado, a la izquierda; "EL SASTRE". Fotografía: Pérez, de Cuenca.

No hay comentarios:
Los comentarios nuevos no están permitidos.